Fernando Valera: Último mensaje del gobierno republicano. Julio de 1977

MENSAJE DE DESPEDIDA.

Fernando Valera julio 1977 / Última comunicación del gobierno republicano español

Los hombres mueren, las ideas quedan. No han logrado matarlas jamás ni la traición, ni el hierro, ni el escándalo, ni siquiera los crímenes cometidos a su sombra. Viven más que sus vencedores; y, aun vencidas, miran el trono de los que creen estar sentados sobre sus ruinas. Como el germen de las plantas, brotan a través de la misma tierra que les da por sepulcro.
Francisco Pi y Margall. Presidente de la primera República Española

Mensaje de despedida a los centros republicanos españoles de todo el mundo y a los representantes diplomáticos oficiales y oficiosos, colaboradores y corresponsales del último Gobierno de la República Española en Exilio.

Recientemente les envié la Nota Oficial que Don José Maldonado y yo redactamos, ejerciendo por última vez las funciones de Presidente de la República y del Gobierno en Exilio, para dar por terminada la misión histórica que nos habíamos impuesto.

Reorganizáronse las Instituciones republicanas en 1945, en México, con el fundamental designio de devolver a España la soberanía que le fue arrebatada en 1936-39 por la rebelión franquista y la intervención extranjera. Durante casi cuarenta años nuestra patria había sido una vez más una nación secuestrada, como dijera el ilustre repúblico Don Vicente Blasco Ibáñez en tiempos de Alfonso XIII y Primo de Rivera.

El último Gobierno de la República en Exilio, que me tocó el alto e inmerecido honor de presidir, manifestó paladinamente en su declaración inicial, y lo reitero luego en sucesivos documentos, que no aspiraba a gobernar en España, sino a que España pudiera, libremente, elegir los hombres dignos que la gobernaran. Este designio nacional que durante más de treinta años mantuvieron las Instituciones republicanas–casi a solas, puesto que los demás españoles, tanto del Gobierno como de la oposición, defendían preferentemente sus particulares ideologías o intereses de partido o de clase–, ha venido a ser el inevitable camino que ha habido que seguir para operar el tránsito de la dictadura a la nueva democracia; luego, en el terreno trascendental de los principios, las Instituciones republicanas han sido los verdaderos intérpretes del sentido de la historia. El día en que el Presidente Suárez habló de «devolver la soberanía al pueblo», estaba justificando, sin saberlo ni quererlo, la razón de ser de las Instituciones republicanas en exilio.

Hace muchos años que en documentos de que ustedes guardaran memoria, fuimos los primeros en advertir y denunciar la contradicción existente entre un pueblo que es hoy más demócrata y progresivo que nunca y un régimen empeñado en perpetuar el Estado anacrónico salido de la guerra civil y en frenar o desviar la evolución inevitable de España hacía la democracia libre, tal como se entiende en la Europa occidental a la que España pertenece por determinaciones de la geografía y de la historia. Y añadíamos, contradiciendo el pesimismo de los desesperados, que «en las pugnas entre la sociedad y el Estado, a la larga, es siempre la sociedad la que prevalece».

El propio General Franco –a quien se le puede tachar de perfidia, pero no regatear cierto talento político- lo había comprendido así, cuando en 1964 proclamó «la superioridad de las formas occidentales» y decidió iniciar, sin mayor fortuna, el proceso democratizador, recogiendo ese apremiante anhelo nacional, desgraciadamente no para encauzarlo leal y valientemente, sino para demorarlo y desvirtuarlo, ya que fuere imposible ignorarlo ni detenerlo, escribíamos entonces, y añadíamos: «El régimen franquista está condenado a diluirse en una democracia libre –a mi juicio en una democracia republicana– que con otros hombres y con otras leyes no será sino lo que quiso ser, y no le dejaron ser, la República de 1931». Les remito a mi libro Ni Caudillo ni Rey: República –todavía prohibido en España– en que se recogieron diversos documentos donde se prevé, propugna y encauza el inevitable tránsito de España a la democracia libre.

Me prometo redactar y enviar a ustedes más adelante un informe circunstanciado recogiendo las sucesivas declaraciones de las Instituciones republicanas, que demuestran la previsión y acierto de quienes las representaron y dirigieron. El alcance del presente escrito es más modesto e inmediato, porque no estoy en condiciones físicas ni mentales para acometer ahora ese trabajo; me limitaré a expresar en este Mensaje mi gratitud a cuantos generosamente me honraron con su eficaz colaboración durante estos largos años de travesía por el desierto.

Al declarar cancelada la misión histórica que las Instituciones republicanas se impusieron, quienes últimamente las personificamos, es decir, el Presidente Maldonado y yo, nos complacemos en expresar públicamente nuestra gratitud a quienes nos acompañaron en esta honrosa empresa que, desgraciadamente, no ha llegado al puerto deseado: restablecer en España la vigencia de la Constitución republicana, con los Estatutos de Autonomía de ella derivados, y al amparo de una y otros, consultar la voluntad actual de la nación.

Sin duda, era el camino más recto, justo, rápido y eficaz. Nos asistió la razón, pero nos faltó la fuerza y el concurso de la opinión pública, quizás porque no tuvimos los medios materiales que hoy se necesitan para ilustrarla y convencerla.

Paréceme también oportuno aclarar que el acto de dar por terminada nuestra legitimidad institucional, no ha sido una decisión que voluntariamente hayamos adoptado, ni menos una renuncia al cumplimiento del deber, sino el simple reconocimiento de un hecho histórico.

Erróneamente, a nuestro juicio, el pueblo español se ha avenido a expresar su voluntad actual concurriendo mayoritariamente a una consulta electoral que no reunía las condiciones previas de autenticidad, ni por el Poder ilegítimo que la convocaba, ni por el marco legal en que había de desenvolverse; pero lo cierto es que el consenso general de la opinión pública, quizás intoxicada por una hábil propaganda dirigida de la prensa monarquizante, la ha aceptado como válida.

El Parlamento así elegido es, pues objetivamente, una nueva legalidad de hecho y de derecho, que yo, demócrata convencido, no puedo ni debo desconocer, en virtud de un criterio subjetivo y carismático que suplantaría la voluntad expresa de la nación.


En pura doctrina democrática, el pueblo es el único titular de la soberanía, y el que con su consenso legitima las Instituciones, aunque a mi juicio personal se haya equivocado concurriendo a las pasadas elecciones, y aún cuando éstas hayan sido convocadas en el marco de una ley fabricada expresamente para escamotear la auténtica voluntad de la nación. Pero mi criterio personal no puede honradamente suplantar al voto inmensamente mayoritario del cuerpo electoral. El soberano es el pueblo; quédese pues, el pueblo con su soberanía, que es la suya, y yo me quedaré a solas, una vez más, con mi dignidad de ciudadano, con mi manera de entender el patriotismo, y con mi lealtad a la República, porque estas prendas constituyen mi patrimonio personal e intransferible, anterior y superior a todos los vaivenes de la política y a todos los poderes del Estado.

El poder político depende de los votos, pero la conciencia individual se basta a sí misma, y solo se satisface con la aspiración a la justicia y con el logro de la verdad. La humanidad entera, sostenida por el poder de los Papas y los Reyes, ilustrada por la Universidad y servida por las hogueras de la Inquisición, se equivocaba frente a un hombre solo, Galileo, al sostener que la tierra era plana e inmóvil en el Centro del Universo.

A pesar de que el consenso público ha dado por válida la consulta electoral prefabricada, el 15 de junio, con una ley y un mecanismo concebidos para escamotear la pureza y proporcionalidad del sufragio, con un electorado al que se le ha sustraído la decisión fundamental sobre la forma del Estado, insuficientemente ilustrado sobre la misma y sugestionado o hipnotizado por una propaganda parcial y escandalosa, coaccionado, en fin, por la tácita amenaza de una posible intervención de las Fuerzas Armadas, yo, personalmente, sigo creyendo que España es, y mañana será, republicana. O no será nada.

Como dije ante la emigración republicana española de México, congregada en torno al monumento que ella misma erigió al General Cárdenas, hay un pasaje en la Vida de Don Quijote en el que el caballero de la Mancha se remonta a cimas de sublimidad solo superables por el Eli, Eli, Limá Sabajzani del Calvario; es aquel en que, vencido, derribado por el caballero de la Blanca Luna, con la punta de la lanza enemiga entre los ojos, el vencedor le conmina a que confiese que «su dama, fuese quien fuere, era incomparablemente más hermosa que su Dulcinea del Toboso». A lo que Don Quijote replica: «Dulcinea del Toboso es la mujer más hermosa del mundo, y yo el más desdichado caballero de la tierra, y no es bien que la flaqueza de mi brazo defraude esta verdad; aprieta caballero, la lanza, y quítame la vida, pues que me has quitado la honra». Permítaseme en esta hora triste de la epopeya civil de mi patria, imitar el ejemplo del héroe cervantino, proclamando que la República es el más hermoso de los ideales políticos, y España el pueblo más desventurado de la tierra.

Ahora bien, como también dije en aquella ocasión, yo ni pienso ni invito a nadie a que piense en consolarse de su derrota transitoria, acogiéndose al sosiego de la vida pastoril; antes bien, evoco, para que sirva de ejemplo y estímulo, un episodio de la vida de Bolívar, que me dio a conocer el insigne demócrata venezolano Dr. Simón Gómez Malaret (q.e.p.d). Es aquel en que, retirado El Libertador, tras una grave derrota militar, al abrigo de los Andes, reducidas sus huestes a un puñado de leales, alguien le pregunta: Y ahora, ¿qué vamos a hacer? A lo que el héroe replica: Ahora, vencer. Y de ahí salió la libertad de América.

Yo invito a los republicanos españoles a que sigamos el ejemplo de El Libertador, no cejando en nuestra empresa hasta ver restablecida de veras en España la libertad y la democracia, es decir, la República.

Y como los heraldos antiguos, que anunciaban entre el clamor de los clarines la muerte del soberano, yo me despido de mis amigos, correligionarios y colaboradores, exclamando: La República ha muerto. Viva la República.

París, 1 de julio de 1977

FERNANDO VALERA.

Imp. La Ruche Ouvrière, 10, rue de Montmorency, 75003 París.

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